
En los últimos días leí una noticia que me dejó fascinado: científicos de la Universidad de York lograron sintetizar y probar más de 700 compuestos metálicos en menos de una semana usando un sistema robótico y química “click”. Esa velocidad no es poca cosa; normalmente llevaría meses de trabajo manual. Lo más sorprendente es que, entre esas moléculas, encontraron un compuesto de iridio capaz de matar bacterias resistentes como el MRSA sin dañar células humanas.
¿Por qué esto importa? La resistencia a los antibióticos ya causa más de un millón de muertes al año y amenaza procedimientos cotidianos como cirugías y quimioterapia. El descubrimiento de nuevos fármacos se ha estancado porque los métodos tradicionales son lentos y costosos, y muchas farmacéuticas han abandonado el área. El equipo de la Universidad de York decidió salir del molde: en lugar de buscar variantes sobre medicamentos ya conocidos, exploraron compuestos metálicos, un territorio poco estudiado por miedo a su toxicidad.
La clave fue combinar robótica y química “click”, una técnica que encastra bloques moleculares como si fueran piezas de Lego. Mediante un brazo robótico, mezclaron unos 200 ligandos diferentes con cinco metales y generaron cientos de moléculas en tiempo récord. Luego las evaluaron para ver su capacidad de matar bacterias sin dañar células sanas. De los seis compuestos prometedores, el de iridio destacó por su eficacia y baja toxicidad.
Para mí, esta noticia es algo más que un avance científico: es un ejemplo de cómo la automatización y la IA pueden acelerar la innovación en áreas críticas. Imaginá tener una “cocina” robotizada que en lugar de preparar recetas tradicionales, prueba combinaciones nuevas a un ritmo imposible para un ser humano. Si encontrás un plato delicioso (en este caso, un antibiótico), no solo obtenés un remedio, sino que abrís el camino para nuevas preparaciones.
Además, este enfoque rompe el prejuicio de que los metales son siempre tóxicos. Datos de la comunidad CO-ADD muestran que los compuestos metálicos tienen una tasa de éxito mayor en actividad antibacteriana sin toxicidad comparados con moléculas orgánicas. La verdadera lección aquí es que, para resolver problemas complejos, a veces hay que animarse a hacer las cosas de otra manera y aprovechar la tecnología como herramienta complementaria.
Me entusiasma pensar cómo estos avances pueden trasladarse a otros campos. La misma plataforma robótica podría usarse para buscar catalizadores industriales o materiales sostenibles. Esta sinergia entre robots y ciencia no solo salva vidas; también demuestra que, cuando unimos creatividad humana con automatización, aceleramos el futuro.
(Basado en información publicada por la Universidad de York y medios especializados)